Coloquio con el historiador Andrea Riccardi: "Nos enseñó a no tener miedo nunca"

«Fue un hombre audaz, capaz de despertar un Occidente atemorizado y de dar ánimos a un sur del mundo pobre y con problemas»
 
«Fue  un  hombre audaz, que enseñó a no tener miedo. Este es el mensaje que envía tanto a Occidente –donde el  cristianismo estaba atemorizado y era irrelevante y quizás incapaz de encontrar un camino– como al este europeo donde no solo los cristianos sino todo el mundo vivía resignado bajo los regímenes soviéticos. Él tiene la idea de que  el cristianismo puede cambiar las cosas en la historia y en la vida de las personas».
El historiador Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’Egidio y biógrafo de Juan Pablo II, recuerda el hombre y al Pontífice. Y explica qué significó, para el mundo y para la Iglesia, la presencia de Karol Wojtyła.
¿Cuándo se conocieron?
«Fue en el barrio de la Garbatella de Roma, cuando vino a visitar una guardería de la Comunidad. Se sentó en los pupitres  de los niños y me impresionó mucho porque se mostraba disponible al encuentro. Se sentía obispo de Roma y se comportaba como tal. En su habitación siempre había un mapa de la ciudad, y marcaba las parroquias que había visitado. Le gustaba conocer los barrios y la relación conmigo nació precisamente hablando de Roma, incluidos sus problemas. En eso era un obispo diocesano y el domingo por la tarde se “sumergía” en las parroquias. Cuando vino a Santa María de Trastevere, después de visitar la parroquia fue a visitar, por primera vez, Sant’Egidio».
Fue obispo de Roma, pero ¿también un papa político?
«Más que un papa político fue “mesiánico” por su fibra mística, que lo hacía salir incluso de sus esquemas teológicos. Utilizando palabas de Ratzinger, fue un pontífice que levantaba continentes y que creía que podía cambiar la historia. Afrontaba los problemas con una mentalidad geopolítica. Cuando recibía a los obispos miraba el mapa que tenía delante. En ese sentido fue un papa geopolítico, pero de una geopolítica mística. Era joven cuando lo eligieron Papa y su conocimiento del mundo aumentó muchísimo con el paso de los años porque se tomaba en serio los países que visitaba».
¿Y su postura sobre Polonia y sobre el este de Europa?
«Llevó a cabo una gran operación, también política: liberar Polonia y el este. Fue habilísimo porque comprendió que había muy poco espacio para evitar la invasión normalizadora soviética. Envió una carta a Breznev para evitarlo y fue, al mismo tiempo, audaz y prudente.
No dio pasos temerarios, pero tampoco renunció jamás a la esperanza de la liberación. A su manera practicó la teología de la liberación, que no era la latinoamericana, sino una teología en la que el cristianismo –como fuerza de esperanza– lleva a las mujeres y a los hombres a liberarse. Creo que, históricamente, se infravaloró su papel en el este europeo. Aquella revolución de 1989 subvirtió un paradigma histórico: demostró, a diferencia de la Revolución francesa de 1789, que no es cierto que todos los cambios deban producirse con derramamiento de sangre. A diferencia de todas las revoluciones de los siglos XIX y XX, aquella fue pacífica».
En América Latina, en cambio, condenó la teología de la liberación. ¿Por qué?
«Tenía miedo de que fuera un vehículo para la “marxistización” del continente. Pero fue a Puebla, al CELAM, cuando Juan Pablo I había decidido no ir. Se volcó en situaciones muy difíciles como la de la Nicaragua de Ortega. E hizo dos instrucciones sobre la teología de la liberación. La primera negativa. La segunda, en cambio, que intentaba relanzarla, pero que no tuvo el mismo impacto que la anterior. Juan Pablo II tenía una estrategia para cada continente. Era consciente del papel “mistificante” que tienen los movimientos neoevangélicos en América Latina y visitó a fondo aquel continente. Para Europa, que afrontaba la secularización, actuó para una nueva evangelización. Estaba preocupado porque estaba convencido de que si se pierde Europa se pierde el mundo. En cuanto a África, sentía el dolor de la pobreza y de la explotación».
Fue el papa del diálogo.
«Del diálogo y de la escucha. Era un pontífice que hablaba poco y preguntaba mucho. Quería saber. Tenía una verdadera ascética de la escucha. Cada día tenía invitados para comer, a mediodía y por la tarde, audiencias continuas y cuando terminaban sus coloquios a menudo decía: “Muy bien, el Papa lo ha comprendido”. También gracias a su memoria formidable tenía en su cabeza un atlas de historias pequeñas y grandes, que llevaba a la oración. Y por otra parte tenía impulsos místicos y creativos. Por ejemplo, la oración de Asís de 1986. Fue una decisión que tomó sin el apoyo del entonces cardenal Ratzinger, que no fue a aquella oración y criticó el borrador de discurso que preparó el Papa y que –según él– convertía al Papa casi en líder de las religiones juntas. Wojtyła no se echó atrás porque sentía que el diálogo entre las religiones era extremadamente decisivo y, yendo incluso en dirección contraria a la del teólogo cuya superioridad reconocía de algún modo, decidió que había que hacer aquella oración. El encuentro de Asís, aquel espíritu, sigue siendo una gran herencia de su pontificado. Estaba convencido de que un mundo globalizado necesita una espiritualidad globalizada que nace del diálogo entre las religiones».
 
[Traducción de la redacción]